viernes, octubre 14, 2005

La aventura del envase

Cuando yo tenía alrededor de nueve años, viviendo en el centro de la ciudad, una ciudad que ha crecido mucho, que ha crecido conmigo, tuve mi primera aventura de exploración. Algo ya a esa edad me llamaba a conocer mi lugar de nacimiento y también sé ahora que ya lo sentía vivo; tenía un aroma, un color, tenía incluso, me atrevo a pensarlo, una cara, ella muy amistosa, que invitaba a cualquiera a sumergírsele, y una amigable voz, y yo ingenuo y terco, respondí a ese llamado a la manera que la razón me lo permitía.

El plan era bastante simple si se piensa en una cabeza adulta, pero mis padres en aquél entonces no eran mas grandes de lo que soy yo ahora que escribo estas líneas y no se dieron cuenta de los peligros que tal hazaña en la cabeza de un niño representaba. Tal vez mi padre si, por eso me permitió emprender el viaje.

Recuerdo los domingos atemporales de mi infancia en aquellos departamentos en que vivíamos por la calle Diego de Montemayor entre Tapia y M. M. De Llano. Muchas anécdotas hay de aquellos días que me harían salirme del tema. Una invariabilidad del domingo era mi padre lavando la grúa, mueble de trabajo de la mayor parte de su vida, de su época dorada y que sé que en su corazón atesora infinitamente. El día al que me referiré no era la excepción en su rutina.

Le comenté mi plan mientras él hacía lo suyo y recuerdo bien toda la atención que me prestaba. Descubrir hasta dónde iba a dar la calle donde vivía en su dirección al sur. El material para el viaje era sólo dinero y una botella de vidrio para poder comprar un refresco en cualquier tienda que me topara en el camino. Esto de la botella para mi era muy lógico ya que, cuando emprendíamos un viaje a carretera la familia, siempre nos recordaba mi padre o mi madre llevar un envase o dos para hacer paradas por el camino. El refresco en el camino creo que trasciende de ser un elemento de la cultura regional. En la actualidad no hace falta en envase, las paradas se hacen de todos modos y se compran botellas deshechables.

Con sólo eso como material y ni siquiera una mochila o maleta, pretendía ir a descubrir los confines de mi ciudad. No recuerdo si hubo alguna otra indicación además de la debida: tener cuidado al cruzar y de regresarme cuando alguna calle fuera demasiado grande como para atravesarla. Tal vez, conociendo a mi padre, me sugirió ponerme una gorra para el sol, siempre lo hacía, no importaba donde estuviéramos. Ese si que es un rasgo de la cultura de la región.

Sé que salí sin el conocimiento de mi madre en ello. Mi padre no debe haber querido decirle para que no me fuera a negar el permiso. Él siempre hablaba de cuando era chico y las idas a casas de sus amigos o familiares cercanos. Toda la familia de mi padre ha vivido en el centro de esta ciudad desde hace muchos años. Lastima que toda esa información se la hayan ya llevado a la tumba los propietarios. A la generación de mi padre jamás le interesó cuidar que no se perdieran la historia así como las tradiciones familiares. Las suyas propias son horrendas y estúpidas pero ellos son felices en su insania.

Allá salgo yo con mi envase, en realidad no recuerdo haber comprado un refresco por el camino, aunque así debió ser. Cada paso que daba era adentrarme más a lo desconocido, pero todo era tan tranquilo, tan pintoresco, tan antiguo de cierta forma que no comprendo sino hasta ahora, que no me daba miedo sino más bien curiosidad por seguir. Cada paso hacia delante no solo significaba sumergirme en la urbe, sino alejarme de mi casa, y eso si era de temer. Pasé la tienda de la chiquita, el punto más lejano de mi conocido terruño, ya estaba en tierras vírgenes. Era yo una especie de Carvajal o Montemayor chiquito. Recuerdo lo altas que me parecían las casas. Debo aclarar que en el barrio antiguo las casas aún me parecen altas y pocas son las que tienen dos plantas. Ya podía entender yo a Cristóbal Colón o a cualquiera de su tripulación y el miedo que sentían en navegar sin mirar tierra en el horizonte.

No hubo una calle que me pareciera difícil de cruzar hasta que no llegué a lo que era el fin de mi viaje. Ahí simplemente muere mi calle y desemboca en una gran avenida, Constitución.

Parado en la esquina del Rey del Cabrito, contemplaba la cantidad de vehículos que circulaban tratando de ver hacia el otro lado del río, un río seco pero enorme que se crece más en los ojos de un niño. Estaba al final de mis curiosidades acerca de la calle donde vivía, pero sólo a la mitad de mi aventura, la otra mitad sería deshacer lo andado. No tuve prisa y recuerdo que aquél regreso estuvo plagado de dudas. ¿Realmente pasé ya por aquí? No recordaba haberme desviado pero ahora notaba cómo la calle serpenteaba, lo que no me llamo la atención antes. Sentí alivio al reconocer el barrio de la luz, que es donde vivía, ver de nuevo la chiquita me lleno de tranquilidad y de ansias por contarles a mis padres que ya había llegado yo a donde nunca hubieran imaginado.

Cuando llegué mi padre ya terminaba de lavar la grúa, de modo que no había pasado mucho tiempo, pero para mi era el final de la jornada; detrás de mi solo podía llegar el ocaso. Tenía dentro de mi un reloj infantil y aún el mundo giraba alrededor mío.

La sorpresa fue de mi madre, que no podía creer que mi padre me hubiera dejado irme solo. No hubiera sido la misma aventura de haberlo hecho con él o con ella, mucho menos en carro.

Ahora que soy adulto y recorro esas calles tan frecuentemente, veo cómo siguen siendo tranquilas los domingos por las tardes. La gente mayor sigue sentándose a la puerta de sus casas mientras algunos lavan sus carros y los niños juegan por todos lados. El panorama ha cambiado y algunos viejos lugares han desaparecido, han demolido y pavimentado la mayor parte de mi infancia, porque esos lugares y esas calles son eso, mi infancia.

Recordar esta aventura me hace pensar mucho en mi padre, que tuvo confianza en mi, que me dejó emprender mis propias aventuras. No se si yo podré ser tan buen padre como él. Espero no defraudarlo. Lo que si se es que a mis hijos les agradará tanto como a él o como a mí haber nacido en esta tierra, en Monterrey.

lunes, octubre 10, 2005

Ciudad Seva

En el Décimo Encuentro Internacional de escritores, tuve la fortuna de poder escuchar al escritor puertorriqueño Luis López Nieves, quien además de ser autor de las obras “La Verdadera Muerte de Juan Ponce de León” y “Escribir para Rafa” entre otros, es el responsable del portal Ciudad Seva, el cuál inició “por curiosidad” como él mismo lo dice en la explicación breve de su “hogar electrónico”.

“Primero fue un espacio para facilitar la divulgación y el estudio de su obra literaria... y una zona novedosa para compartir con amigos, colegas y estudiantes. Pero poco a poco la página fue asumiendo nuevos deberes y proponiéndose objetivos más ambiciosos, por lo que hoy día Ciudad Seva se ha convertido en un dinámico -y muy visitado- portal de información literaria y cultural, tanto nacional como internacional, y en una de las bibliotecas digitales literarias más importantes del mundo.”-cita de Ciudad Seva-

A palabras del autor, dichas en el encuentro, su pagina recibe aproximadamente 12 mil visitas diarias (ya las quisiera yo en un año), de los cuales la gran mayoría es gente de México y luego de España y Argentina.

En una brevísima entrevista realizada a el Profesor López Nieves posterior a su participación y la lectura de su ponencia, en la que destaca tanto como su labor por difundir el oficio del escritor en la Internet, la situación política en Puerto Rico y de sus medios de comunicación locales, ambos (Gobierno y Medios) se encuentran “manipulados” por poderes Norteamericanos (entiéndase EE.UU.). “La palabra ‘Nacional’ -dice- está prohibida”.Seguramente por lo que denota: Soberanía.

Lo que me compartió en esos minutos valiosísimos en mi ser, fue "el papel del escritor en la Internet", como lo he mencionado antes.


Dr. Luis Lopez Nieves en el X Encuentro Internacional de Escritores en nuestra ciudad


“El escritor debe tener presencia en Internet... quien no lo haga, está limitando su trabajo al papel... Yo creo que hay ciertos géneros, por ejemplo la poesía... Si publicas 500 ejemplares aquí en Monterrey, vamos a ser realistas, ¿te van a leer en Cuba? ¿Te van a leer en Argentina o Puerto Rico? Sabemos que el libro no va a llegar ¿verdad? Entonces lo colocas en internet, gratis, y te vas dando a conocer.

“Claro, si voy a publicar una novela con la Editorial Norma, que se va a distribuir en toda América, no voy a poner esa novela en Ciudad Seva porque no es necesario. Ya los lectores tienen una manera de leerla, porque se consigue en cualquier librería del hemisferio.

“Pero para una persona que está empezando a darse a conocer, colocar su obra en internet puede generar interés, la gente empieza a conocerlo. Luego llega el balance, porque una persona tiene derecho a vivir de su obra para quedarse en la casa y escribir más novelas, para no tener que irse a hacer otra cosa.

“Por eso yo diría que inicialmente internet puede cumplir una importante función promocional, especialmente para ciertos géneros como la poesía y el ensayo literario.

“Digamos que usted escribe un ensayo y luego enfrenta dificultades porque ninguna editorial lo publica. O publica el ensayo con una editorial que no distribuye internacionalmente. Bueno, pues usted lo pone en su portal o blog. Luego alguien interesado en el mismo tema, tal vez en la Argentina o en España, va a Google y encuentra su ensayo. Entonces le escriben y lo invitan a una conferencia o le piden el ensayo para una antología que se publicará en la Argentina o en España. De esa forma usted se va dando a conocer.

“Internet es una gran herramienta para el escritor porque es masivo, barato e instantáneo”.
Ciudad Seva cumple ya 10 años. El profesor López Nieves ofrece en su portal una extensa lista de títulos en su Biblioteca Seva, así como talleres y envíos vía e-mail semanales. Comentó también que no tiene en mente que Ciudad Seva vaya a convertirse en una pagina de paga. “Jamás va a costar, eso va en contra de mis principios”.
Y quiero resaltar ese comentario para quienes piensan que el escritor que ha logrado la fama se despoja de sus ideales.
Solo queda de nosotros visitar Ciudad Seva, para que se cumpla tan noble funcion de promover la literatura. Al hacerlo, vale la pena el suscribirse a alguno de los servicios que se ofrecen (o a todos como en mi particular caso).
Muy amablemente el y su esposa me ofrecieron agregar este humilde blog a su lista de contactos, lo cual no dejaré pasar. Gracias.

domingo, octubre 09, 2005

El tercero

-Pero no debemos usar luz, nos van a ver.
-A mi no me importa, échame la lámpara, no veo bien acá. Además me da miedo.
-Acostúmbrate a las penumbras, habrá muchas.
-Yo suelo trabajar de noche, no es problema la oscuridad, pero no me pidas que vea algo en esta boca de lobo.
-Baja la voz, camina y deja de hacer ruido. Si nos pescan, es bote. Oye pero no exageres. Ya no escucho tu respiración. ¿Sigues ahí? Contéstame. Ya te escuché detrás de mi. No es gracioso. ¡No juegues! ¿Donde te metiste ahora? Deja prendo la lámpara para ver donde andas.
-Hola. ¿Buscabas a alguien?