viernes, septiembre 23, 2005

No soy

En éste mundo de Dios, el diablo juega a tentarnos. Yo no se qué clase de convenio se firmó, pero seguro estamos en cada cláusula. En éste mundo, donde para vivir hay que apalear excremento, parece que floto sobre él; pareciera también no importarme sobre qué persona hundida estoy pisando. En este mundo de enfermedades, soy una plaga yo y todos los que se me parecen o actúan igual. Somos como un virus, nadie quiere tenerlo pero el mundo lleva años enfermo.

En este mudo corpóreo, me desdoblo y tengo raíces que viajan por tantas ventanas como arenas, hacia reinos que no existen. En éste único mundo tengo boleto de ida y vuelta al carajo cada día terciado, aunque eso signifique veinte veces menos de las veces que quisiera largarme de aquí. En un mundo de plástico soy el mar que se consume en la basura de la sociedad y no puedo gritar de dolor, tan solo ser un azote mientas esperan que tropicalice mi temperamento.

En un mundo feliz, soy el que no encaja y prefiere la orca antes de aceptar tan cruel destino y piensa que la condenación no existe pues ha visto el infierno en la tierra. En un mundo tranquilo, soy el guasón que ríe hasta que le duele la cara y la gente tiene asco. No hago favores pero si desaires y como sé que la música aún no acabará, no suelto a la pareja, que no le importa que no sepa bailar mientras siga mirando al horizonte, aunque sepamos que no está sobre nuestras cabezas.

En un mundo de excesos soy siete pecados capitales, soy dos veces el mismo en ocasiones, y hasta me pavoneo de eso. Soy cada palabra que me guardo porque no te importa y no quiero que lo sepas y soy aún más. Soy el terror que aletea en la noche y jamás dejaré de ser solo una buena persona. No me paro en las sombras, pero los reflectores en las caras de la gente me atemorizan. No soy mediocre, me subestiman. Y sé que no soy valiente cuando me escondo detrás del fuego. Soy de luz y trasparente pero de nada sirve, el mundo es ciego, todos tropiezan hasta sangrar. Soy una pieza del rompecabezas de Dios que no tiene lugar y me envenena pensar que en algún lugar debo entrar, pero a fuerza.

Ya no soy yo, el que mis padres hicieron, el que planearon. Soy el que se construyó enteramente nuevo, pero me quedo el ADN de recuerdo. Ya no soy el que estudió en esa secundaria, pero sigo siendo el que salía a romper caras, aunque ya a nadie le importe.Ya no soy sobrino, me extirpé del árbol familiar y me he ido a tierras nuevas a emprender mi propia dinastía. El demonio que habitaba en mi interior tiene full access de mi ser y yo ahora soy solo un pasajero de mi. Tan seguro estoy de no ser yo ahora, que sé bien que no volveré a ser yo mañana. Me agrada tanto reinventarme, y las actualizaciones las bajo de la realidad, que es más abstracta que la red.

Ahora me conocen, ahora me vuelvo opaco y me revelo ante sus sentidos, lo que hagan de aquí en delante, ya sea atacarme, ignorarme o amarme, me dará existencia, y entonces, habré ganado. Con todo y esto, me verán con mascara, tan sutil que creerán sólo verme a mí.

jueves, septiembre 22, 2005

Héroe de mil batallas

El comando azul se prepara, hace los últimos arreglos. Con arma en mano y el temor oculto en un oscuro rincón de sus corazones. El líder azul, héroe de mil batallas, da las últimas indicaciones a sus hombres, quienes no le quitan la mirada de encima. Algunos de ellos saben que no llegarán al final de la contienda, pero están tranquilos porque mientras estén en manos de su comandante, serán ellos quienes logren la victoria.

Sus oponentes, el equipo rojo, están enterados del inminente ataque. Esperan que se desate el infierno en la tierra. Su líder ha sido, en muchos asaltos, compañero del azul, ha estado a su lado en las más violentas escenas de valor y heroísmo y ha sido su brazo derecho en innumerables ocasiones. Ahora, rebelde y traidor, ha encabezado el movimiento de ataque con sus propios hombres. Está frente a frente contra su maestro y no teme. En esta ocasión el destino les tiene preparado una memorable lucha.

El momento de iniciar estaba próximo. Sólo era cosa de que uno de los bandos iniciara el ataque para que el contrario respondiera inmediatamente. Una de las reglas del combate es “dejar que el oponente haga la primer jugada”. Con eso en mente y la misma escuela en ambos lideres, nadie daba el primer paso. Fue la presión sobre los hombres, que se encaminaban a su destino final, lo que inició las agresiones sin esperar una orden de fuego.

Allá van los soldados al campo de batalla. Ya caían los primeros hombres. Jugada sorpresa: los enemigos sólo eran unos cuantos y custodiaban una base falsa. Movilización. “Cuiden sus espaldas” era la orden que se escuchaba entre los asustados soldados del equipo azul, que no dejaban de sentirse como acorralados ratones, ante el gato que asechaba en las sombras. Retirada de emergencia. Nuevo ataque sorpresa por el flanco derecho. Bajas considerables. Movimiento maestro: jamás practicado, jamás esperado.

Control de la situación al concluir retirada. Conteo de bajas. Se analizan las posibilidades. En la mente de cada hombre se ilustra la imagen de lo que vendrá. Otra regla de guerra es “tener el control de la batalla en todo momento”, lo que ya se había perdido. El enemigo, el renegado y sus hombres, llevaban la ventaja hasta ahora.

No iba a esperar más el siguiente asalto. Así que se jugaría el pellejo y la integridad del mermado escuadrón. Con sigilo avanzarían hasta la puerta de la guarida enemiga y ahí Dios decidiría de quién iba a ser la victoria.

Cautela. Cuidado con las sombras. Cuidado al voltear. La gloria no sería para los que perdieran la concentración. ¡Alto!. Demasiado silencio. Una de las estrategias es esa, el silencio, ya que desconcierta. La orden es “todos atentos”. Rodilla al suelo y arma lista. Esperar una señal. Ahí estaba, un crujido al frente. ¡Ataquen!.

Buen movimiento, resultó en cero bajas, dos rehenes que cuidaban un pequeño bunker con armas de repuesto y que revelaron información importante. El equipo contrario planeaba el ataque por otro punto, a sus espaldas; luego, rodearían y atacarían por éste lado. Valiosa información siempre que fuera verdadera. Se toman todas las precauciones, se revisa el arsenal obtenido, se dan las últimas órdenes.

Ataque sorpresa rojo, todo fue una trampa. Habían caído en una preparadísima emboscada. En vano pelear, la derrota era un hecho. Al final eran pocos los hombres en pié por cada bando. Lo siguiente era declarar la rendición y no se hizo esperar. El líder azul, héroe de mil batallas, se entregaba. Se dirige al centro del campo a ofrecer la mano a su mejor amigo, el nuevo héroe de la tarde.

No había rencores. Todo era felicidad por una tarde bien gastada. Mañana jugarían nuevamente a la guerra con globos de agua y tal vez, al hacer nuevos equipos, ellos estarían nuevamente codo a codo, aunque fuera otro quien guiara el asalto.

lunes, septiembre 19, 2005

Las Galletas

Empezaré por el principio.

Un día mi mamá decidió hacer galletas para darle a mi papá una rica merienda, no recuerdo bien, pero creo que era un día especial, porque mi mamá jamás antes había hecho galletas.

Salimos al mercado a comprar todos los ingredientes de la receta que encontró en el libro de la abuela. Recuerdo que había harina, leche, huevos y chispas de chocolate, entre otras cosas. Fue muy divertido ayudarle a hacer bolitas de la masa que sabía a azúcar y vainilla cuando estaban revueltos todos los ingredientes.

También me llamó la atención que todo lo fue midiendo. Una taza de esto, dos cucharadas de aquello, dos huevos, media barra de mantequilla y otro montón de cosas que las ponía en gotas o en puñitos, como la vainilla y el chocolate.

También le ayude a acomodar las bolitas en una charola, recuerdo bien que me dijo:

-No tan juntas porque se van a pegar. En el horno van a crecer un poco.

¡Y así fue! Después de una larga espera salían las primeras galletas horneadas por mi mamá. Yo quería comerlas de inmediato pero me dijo que aún no podía hacerlo.

-Están aún muy calientes y blandas. Debemos de esperara a que se enfríen y se endurezcan un poco.

Me puso una en un plato para que le soplara y así comerla más rápido. Después de casi desfallecer soplando por 10 minutos al fin me dijo que estaba lista, cundo comprobó su temperatura tocándola con un dedo.

¡Estaba lista! Después de tanta espera. Tome la galleta que ya no estaba tan caliente y la llevé lentamente hacia mi boca. Las chispas de chocolate parecían lunares en la cara un niño que se llegaba a dibujar con ellas sobre la galleta. La saboree en mi mente antes de darle la primer mordida y comprobar su exquisito sabor, ¡mmm...! Tenían un aroma delicioso que ya había descubierto desde que salieron del horno. Tantas ideas pasaron por mi cabeza en aquel viaje que la galleta hizo en mi mano desde el plato a mi boca, hasta que delicadamente la mordí y...

-¿Que pasa? –pregunto mi mamá- ¿Que tiene de malo?.

-Esta muy dura, no puedo morderla –fue mi contestación-. ¡No puedo arrancarle un solo pedazo!

Y tratamos los dos de hacerlo. Lo intentamos con las manos y tampoco pasó nada. Mi mamá entonces tomo un cuchillo y logró partir en dos una de las galletas de la charola.

-¡Válgame Dios, se me quemaron! –Fue la respuesta que mi mamá dio al comprobar que la parte de debajo de las galletas estaban un poco ennegrecidas-. Tal vez tuve un error en el tiempo que debían estar en el horno.

En realidad recuerdo que fueron dos los errores, el tiempo y la temperatura. Una vez corregidos los cálculos se apresuró a hacer más mezcla de ingredientes, esta vez no lo hizo tan tranquila como la primera, de hecho lo hacia tan a la carrera que casi y se le va el huevo con todo y la cáscara al tazón donde batía todos los ingredientes. Si puso todo o si lo puso bien, no me di cuenta.

Volví a ayudarle en la elaboración de las bolitas que no debían ser muy grandes ni muy chicas y debían estar, en la charola, retiradas una de otra ya que, como había comprobado, las galletas crecían un poco. Ajustó el horno e introdujo la charola.

En ésta ocasión me pareció muy poco el tiempo que estuvieron horneándose comparado con la larga espera de la primera vez. Al retirarlas mi mamá del horno nos dimos cuenta que ahora las galletas no habían crecido mucho y, peor aún, seguían teniendo un poco la forma de bolita que cuando las metió. Las devolvió al horno y aumentó un poco la temperatura y a la vuelta de unos minutos volvió a asomarse para vez cómo iban.-Ya mero, ya mero.Creo que ella estaba tan mortificada como yo, pero hacía que pareciera que no era así. Yo también traté de que mi curiosidad por cómo estaban marchando las cosas no se notara tanto, para no ponerla nerviosa.-¡Ya están listas! –dijo entusiasta mientras retiraba la charola del horno y las galletas iban a parar al platón nuevamente. Volvió a colocarme una para que soplara y tuviera la segunda primicia.-Están suaves –le conteste al ver en sus ojos la duda- pero saben un poco raras -mentí, sabían espantosas.Lo comprobó mordiendo la galleta que había enfriado a pulmón y su cara también fue de repulsión.

-Olvidé ponerles azúcar, claro que saben raras –después de todo las mamás saben que la dieta de un niño esta basada en 90% azúcar y 10% tamarindos–. Y todo por hacerlo tan a la carrera.

Iba por el tercer intento. No dije ni una palabra, hice mi tarea de las bolitas con suma precisión y confianza en lo que hacia, después de todo ya tenía bastante experiencia. La miré hacer nuevamente la mezcla de ingredientes tan paciente y correctamente como en la primera ocasión, y la vi esperar al lado del horno poniendo mucha atención al reloj de la cocina y a la temperatura del horno.

Aquella tarde dio como fruto las galletas más deliciosas que he probado, sabían a vainilla y chocolate y tenían la textura perfecta. Aún ahora, después de muchos años de haber pasado esa tarde con mi madre en la cocina me agrada disfrutar de sus galletas. A mis hijos también les encantan las galletas de su abuela. Para ellos mi madre lleva toda la vida en la cocina y hace cosas deliciosas. Las navidades más sabrosas las hemos pasado comiendo esas galletas.

Recuerdo esta historia de la galletas más frecuentemente de lo que cualquiera creería.

La vida se parece a una tarde en la cocina horneando galletas. Tal vez al principio las cosas te salen mal cuando no pones atención o cuando no calculas bien lo que haces. A veces las cosas no salen bien cuando las haces a la carrera. Pero con paciencia, dedicación y experiencia la vida te parecerá dulce, deliciosa, placentera y la recordaras con nostalgia. Como yo con las galletas de mi madre.