jueves, septiembre 22, 2005

Héroe de mil batallas

El comando azul se prepara, hace los últimos arreglos. Con arma en mano y el temor oculto en un oscuro rincón de sus corazones. El líder azul, héroe de mil batallas, da las últimas indicaciones a sus hombres, quienes no le quitan la mirada de encima. Algunos de ellos saben que no llegarán al final de la contienda, pero están tranquilos porque mientras estén en manos de su comandante, serán ellos quienes logren la victoria.

Sus oponentes, el equipo rojo, están enterados del inminente ataque. Esperan que se desate el infierno en la tierra. Su líder ha sido, en muchos asaltos, compañero del azul, ha estado a su lado en las más violentas escenas de valor y heroísmo y ha sido su brazo derecho en innumerables ocasiones. Ahora, rebelde y traidor, ha encabezado el movimiento de ataque con sus propios hombres. Está frente a frente contra su maestro y no teme. En esta ocasión el destino les tiene preparado una memorable lucha.

El momento de iniciar estaba próximo. Sólo era cosa de que uno de los bandos iniciara el ataque para que el contrario respondiera inmediatamente. Una de las reglas del combate es “dejar que el oponente haga la primer jugada”. Con eso en mente y la misma escuela en ambos lideres, nadie daba el primer paso. Fue la presión sobre los hombres, que se encaminaban a su destino final, lo que inició las agresiones sin esperar una orden de fuego.

Allá van los soldados al campo de batalla. Ya caían los primeros hombres. Jugada sorpresa: los enemigos sólo eran unos cuantos y custodiaban una base falsa. Movilización. “Cuiden sus espaldas” era la orden que se escuchaba entre los asustados soldados del equipo azul, que no dejaban de sentirse como acorralados ratones, ante el gato que asechaba en las sombras. Retirada de emergencia. Nuevo ataque sorpresa por el flanco derecho. Bajas considerables. Movimiento maestro: jamás practicado, jamás esperado.

Control de la situación al concluir retirada. Conteo de bajas. Se analizan las posibilidades. En la mente de cada hombre se ilustra la imagen de lo que vendrá. Otra regla de guerra es “tener el control de la batalla en todo momento”, lo que ya se había perdido. El enemigo, el renegado y sus hombres, llevaban la ventaja hasta ahora.

No iba a esperar más el siguiente asalto. Así que se jugaría el pellejo y la integridad del mermado escuadrón. Con sigilo avanzarían hasta la puerta de la guarida enemiga y ahí Dios decidiría de quién iba a ser la victoria.

Cautela. Cuidado con las sombras. Cuidado al voltear. La gloria no sería para los que perdieran la concentración. ¡Alto!. Demasiado silencio. Una de las estrategias es esa, el silencio, ya que desconcierta. La orden es “todos atentos”. Rodilla al suelo y arma lista. Esperar una señal. Ahí estaba, un crujido al frente. ¡Ataquen!.

Buen movimiento, resultó en cero bajas, dos rehenes que cuidaban un pequeño bunker con armas de repuesto y que revelaron información importante. El equipo contrario planeaba el ataque por otro punto, a sus espaldas; luego, rodearían y atacarían por éste lado. Valiosa información siempre que fuera verdadera. Se toman todas las precauciones, se revisa el arsenal obtenido, se dan las últimas órdenes.

Ataque sorpresa rojo, todo fue una trampa. Habían caído en una preparadísima emboscada. En vano pelear, la derrota era un hecho. Al final eran pocos los hombres en pié por cada bando. Lo siguiente era declarar la rendición y no se hizo esperar. El líder azul, héroe de mil batallas, se entregaba. Se dirige al centro del campo a ofrecer la mano a su mejor amigo, el nuevo héroe de la tarde.

No había rencores. Todo era felicidad por una tarde bien gastada. Mañana jugarían nuevamente a la guerra con globos de agua y tal vez, al hacer nuevos equipos, ellos estarían nuevamente codo a codo, aunque fuera otro quien guiara el asalto.

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