martes, septiembre 13, 2005

Un frío de gatos

Era la noche más fría que había pasado nunca fuera de casa, y no podía regresar, ya que ni siquiera sabía donde se encontraba en aquel momento. Justo ahora, cuando mas necesitaba de aquel cálido rincón que encontraba en su sofá preferido, la pobre gatita se sentía perdida, no sabía a donde o qué tan lejos la habían llevado dentro de aquella maleta.
No había nada familiar a su alrededor. De haberse encontrado en el vecindario hubiera dado con su casa guiándose por los aromas. El aroma de la pescadería le hubiera dicho que se encontraba hacia el sur de su hogar, los olores a vegetales aplastados en la calle que suelen encontrarse fuera del mercado la hubieran orientado para volver a casa dando vuelta en la esquina, pero ninguno de esos aromas se percibían en el ambiente.
Se encontraba decidida a abandonar la búsqueda y encontrar un mejor lugar para pasar esa tan dura noche. La labor de parto inició dentro de una caja de cartón a la orilla de la banqueta que hacía las veces de basurero. Ya era la mitad de la noche y seguía circulando por la banqueta la mar de gente que gritaba y se empujaba atemorizando a la pobre gatita que no había tenido más suerte que ir a parar a los pies de la muchedumbre.
Ella, que lo había tenido todo en aquella casa que ingenuamente seguía llamando “mi casa”, sin saber que los ocupantes de aquella ya no la contaban entre ellos. Se habían desecho del animalito, metiéndola en una maleta de viaje y arrojándola cuando consideraron estar suficientemente lejos. Su pecado era ser madre. Nadie quiere a una gatita cuando se convierte en “fabrica de gatitos”. Aunque ella hubiera sabido que la echarían de casa, no hubiera evitado el convertirse en mamá. Para empezar, amaba a papá gato; además, tenía muchos deseos de tener sus propios gatitos. El tropel de gente se había reducido a unos cuantos serios hombres que caminaban a prisa sin mirar abajo. Ya habían nacido cuatro criaturitas para ese momento y pasaron las últimas horas de la noche tiritando de frío, ella más que ellos, ya que les servia todo lo posible de abrigo.
-Mis chiquitos – les decía la mamá gatita a sus pequeños– tal vez vuelvan por nosotros. No seria así; en casa ya era asunto olvidado. A nadie le importaba si tuvo frío o si sus gatitos fueran hermosos, o sus colores. Y la verdad es que se perdieron de conocer a cuatro hermosas bolitas de pelo, tres de ellos parecidos al papá y solo uno a su mamá. Todos machos, ni una sola hembra en la camada. Aún con sus ojos cerrados y peleando para estar mas cerca que el otro de su mamá.
El sol aún no salía y las preocupaciones de mamá gata seguían creciendo. Ahora se mojaba debido al sereno y eso la helaba. Hubiera podido aguantar mas aún, todo por sus hijitos, la fuerza de voluntad de las madres es mas grande que cualquier cosa en el mundo, es el amor de Dios mismo el que entregan y el que las hace entregarse.
Comenzó a caer nieve, mamá gata ya no soportaba mas; pensaba en el frío que debían estar pasando los pequeñito al ser alcanzados por algunos copos de nieve y les veía templar y se estremecía de impotencia.
-Tal vez solo vendrán por ustedes –les decía con una voz apagada mientras los relamía para darles mas calor– estoy segura que serán buenos, se parecen tanto a su padre. Los amo, mis gatitos, ustedes son toda mi vida. -y con esas palabras se tendió en ellos para abrigarlos lo mas posible y la vida se le esfumó en un trepidante suspiro al momento de salir el sol.
Los rayos del sol cayeron sobre todas las cosas derritiendo la nieve y convirtiéndola en agua muy cristalina que bañó todos los techos y las calles, lavó las hojas de las plantas y acarició las flores. Pero a mamá gata ya no la calentó.
Muy temprano un hombre pasaba camino a su trabajo, apenas y había salido de su casa varios metros atrás y fue el primero en observar la tragedia que la noche anterior había contado aquella caja de cartón al lado de la banqueta. Su primer pensamiento fue de tristeza y de dolor, pensando que debió haber muerto ese pobre animal de frío, cuando la pudo haber pasado en su casa. Derrepente un sonido apenas audible le hizo detenerse por completo con la esperanza de encontrar vivo al animal. No saben lo mal que se sintió al cargar al animalito muerto, ya frío tal vez desde hacia un buen rato, aunque la nostalgia se vio apaciguada al contemplar a los cuatro mininos que temblaban y trataban de ocultar sus rostros ciegos a los rayos del sol; la primera clase de luz que veían en toda su vida.
El hombre rápidamente envolvió a los gatitos en su chaqueta, y desanduvo sus pasos veloz para internarse en su hogar, una casa caliente y seca, todo lo contrario a lo que los gatitos habían conocido hasta entonces.
-Amor! Ven rápido a ver lo que tengo –gritó el hombre al entrar y poner su chaqueta en la mesa–. No lo vas a creer.
Su esposa al entrar a la habitación ya había escuchado los leves sonidos emitidos por los gatitos recién nacidos que se peleaban entre ellos por ocultar sus caras entre los cuerpos de sus hermanitos.
-Que suerte, cielo. ¿Dónde los encontraste? –pregunto la mujer muy impresionada.
-No me lo vas a creer, me los encontré aquí afuera, la gata que los parió esta ahí, muerta de frío, en una caja de la calle.
En efecto: era mucha suerte; porque apenas la noche anterior la hija menor del matrimonio le había comentado a su padre que lo que ella deseaba era un gatito. El hombre la había tratado de persuadir diciéndole que era mejor una muñeca, o que pensara en lo divertido que sería jugar con sus amiguitas con un juego de té nuevo. Pero la niña estaba decidida en que quería un gatito, incluso le había comentado que sin importar el color ella le llamaría “garritas”.
El plan estaba trazado, después de trabajar hasta medio día, como se acostumbra hacer el día de noche buena, tendría que conseguir una veterinaria abierta y con un gatito en venta, porque si no, entonces se vería en grandes apuros. Vaya si es complicada la suerte, "porque debía ser suerte", pensaba la esposa.
-Suerte no, amor. Estos gatitos al igual que su mamá los puso aquí Dios, eso no lo dudes. Él escucho lo que quería nuestra hija y nos concedió éste milagro, que mala suerte que no me asomé a la calle antes, porque ahora estarían con su mamá estos pobres. Míralos, tan chiquititos, no llevan ni doce horas de haber nacido.
-Oye cielo, pues hay que hacer algo con ellos hasta la noche o nos van a delatar –dijo la señora pensando en que debían de ser una sorpresa para esa misma noche
-No, estos animalitos necesitan que los cuiden inmediatamente o se van a morir de hambre. –dijo el hombre a su mujer pensando en un plan que solucionaría todos los problemas–. Ve y despierta a los niños. Diles que vengan.
La mujer entró a una habitación y al regresar lo hacía con un muchacho y una pequeña niña aún con cara de dormidos. Al escuchar los maullidos sobre la mesa abrieron tanto los ojos que el sueño desapareció de sus caras.
-Mira, hijita. –se dirigió el padre al menor miembro de la familia- Se adelantó Santa Claus, dijo que si los dejaba para la noche ya iban a tener mucha hambre, que como va a andar muy ocupado pues hizo una excepción con tu regalo ya que haz sido tan buena todo el año, y en vez de un gatito, te trajo cuatro.
Los ojos enormes de la niña hacían juego con su cara ancha por la gran sonrisa que tenía. No podía creer que fuera tan extraordinariamente premiada. Mira que Santa Claus romper su itinerario por ella, y además traerle cuatro veces lo que ella había pedido le parecía un sueño. Ahora no le parecían una carga difícil de llevar todos aquellos días que se portó bien, ayudo a su madre en la casa, sacó buenas calificaciones y todas esas travesuras divertidas en las que no había participado, todo eso era poco y era justo a la vista de tan grandioso obsequio. De pronto, la felicidad se borro de su rostro y un semblante de desconcierto apareció, las cejas se enarcaron, la boca se frunció. Había algo mal en todo aquello.
-¿Qué pasa, hija?. ¿No te gustan tus gatitos? –pregunto la mujer muy nerviosa.
-No, no es eso –contestó la niña–. Es otra cosa, es que yo había pensado...
Lo que se temían los padres estaba a punto de suceder, tal vez pensaría la niña que era un engaño por parte de ellos y que todo eso del premio a su buen comportamiento era un cuento inventado en el ultimo segundo.
-¿Qué cosa?. ¿Qué habías pensado? –preguntaron cada uno con un nudo en la garganta.
-Yo había pensado en el nombre de uno solo. Ahora. ¿Cómo le pondré a los otros tres?
Es indescriptible la cara de alivio que reflejaron los padres al escuchar completa la frase que tanto miedo les había producido. Inmediatamente empezaron a sonar las carcajadas por parte de todos los miembros de la familia.
-Puedo ponerle yo nombre a uno –dijo el hermano mayor–, mamá a otro y papá a uno más y problema resuelto.
-Esta bien, cada quien le pone nombre a uno. Este diferente a todos se llamará “garritas” –dijo la niña cogiendo de entre todos al que se parecía a la mamá gatita.- Pues bienvenidos todos a la familia –anunció el papá cogiendo a uno mas mientras pensaba el nombre que le pondría–. Y Feliz Navidad!
-Esta es la mejor de las navidades que he pasado –dijo la pequeña niña mientras todos sonreían y cargaban a los nuevos integrantes de la familia entre sus brazos.
Esa fue la pirmer navidad de los cuatro recien nacidos, y la mejor para mamá gatita, que había estado contemplando todo desde el cielo y se alegraba mucho de que sus hijitos estuvieran tan en buenas manos.

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